Un niño, un mundo
- 21 mar 2025
- 4 Min. de lectura
Sofi tiene 7 años. Ama la música y copiar coreografías de Shakira desde que tiene 3 años, y últimamente, de Kunfu Panda. Vive con mamá y papá, su hermana mayor, y una manada de mascotas, perros y gatos. Tiene una selección de películas favoritas que va viendo en loop por temporadas y de las cuales se sabe todos los diálogos. Es fan de los planes, de los paseos, de las visitas a familiares y amigos. Cada vez que visita una casa donde hay un niño se encierra en la habitación a usarle todos los jueguetes porque hay que aprovechar la ocasión. Amante incondicional de las papas en todos sus formatos posibles: papas fritas, papas al horno, papas hervidas, puré de papas, etc., de los ñoquis y de las milanesas.
Sofi está en segundo grado, tiene amigos en el cole, que juegan con ella, que la convocan, que la tienen en cuenta, aunque muchas veces la sobreprotejan y se conviertan en sus "asistentes" (cosa que ella aprovecha al máximo). Sofi va a la misma escuela que su hermana, con maestras integradoras que la acompañan todo el tiempo, y le brindan apoyo en todas las situaciones en que lo requiera, y mucho amor.
Aunque ella todavía no lo sabe, Sofi es una niña con Síndrome de Down. Si yo no hubiera escrito "Síndrome de Down", si no hubiera nombrado a las maestras integradoras, ustedes hubieran pensado que estaba hablando de una niña cualquiera, de 7 años de edad. Y esa es mi intención.
Tener Síndrome de Down no determina quién es Sofi, sólo que le da unas características particulares, un conjunto de limitaciones y un puñado de superpoderes, como el encanto de su sonrisa. Todo esto la hace una niña única, como todos y cada uno de los niños y niñas que conocemos. Y puede muchas cosas si se tienen en cuenta sus particularidades, como pasa con todos.
Sofi va a la pileta desde bebé. Hicimos matronatación hasta que empezó la pandemia, armamos pelopincho en casa, usamos una pileta doméstica, la llevamos a conocer el mar. Podríamos decir que el agua siempre estuvo presente en su vida. Esta presencia se profundizó cuando pasó del jardín maternal al cole en sala de cuatro, dado que tienen natación una vez por semana, lo que hizo que visitara la pileta durante todo el año, como solíamos hacer cuando asistíamos a matro. Sin embargo, Sofi siempre le tuvo miedo a la pileta del club, como también le pasaba a otros compañeros. Siempre se metió con dudas, a upa de la maestra integradora quien, con mucha paciencia y respeto, la invitaba a perder el miedo. Tuvo pequeños avances y muchos retrocesos. Sin embargo, este verano, en la pileta de casa donde pasó todo el verano, un día, mirando a la hermana, decidió meter la cabeza abajo del agua. Ese día, tragó litros y litros de agua de la pileta. Pero nunca se detuvo. Yo compartía feliz y preocupada al mismo tiempo videos con nuestros compadres nadadores. Todo era alegría. Parecía que había perdido el miedo. Era el primer pasito. Mirando a la hermana, cada día de pileta hizo un pequeño avance hasta que un día salió nadando al mejor estilo perro combinado con patada de delfín. Fue ella la que decidió nadar y, cuando estuvo lista y convencida, se largó como la mejor. Por supuesto que pudo hacerlo porque es una excelente imitadora y tiene la mejor maestra del mundo mundial, su propia hermana. Pero pudo, sobre todo, porque le dimos oportunidades sostenidas durante por lo menos 4 años y porque la esperamos sin prisas.
Pero esto no es todo. Empezaron las clases y volvieron a natación. Mi preocupación era que perdiera lo que había logrado por el miedo que le da la pile del club. Pero no. En el video que ilustra esta nota, Sofi está nadando en la pileta que comparte con sus compas de grado, feliz, suelta, en movimiento. Esta vez no retrocedió. Esta vez pudo trasladar lo aprendido en el ámbito cuidado del seno familiar a un espacio público. Por supuesto, lo logró con el acompañamiento amoroso de Debo, su maestra integradora, quien cree más en Sofi que yo misma y le vive transmitiendo una confianza infinita.
Sofi generalizó. Pudo llevar lo aprendido en un espacio a otro espacio. Sofi ganó. Y con ella, ganamos todos. Porque aprendimos que Sofi puede, que su deseo funciona como motor y que el compartir con pares es súper enriquecedor para ella.
Como cada 21 de marzo, hago esta reflexión tratando de aportar mi granito de arena a este mundo que se está volviendo cada vez más cruel, violento y discriminador. Es un mundo que, si bien venía haciendo muchos avances en relación a la discapacidad y a la inclusión, está perdiendo la capacidad de alojar a niños como Sofi, que muchas veces, lo único que requieren es oportunidades y tiempo.
¡No le des la espalda! Ella siempre te va a devolver una sonrisa si le das lugar. Tratemos de mirar a la persona, no el diagnóstico. En cada niño hay un mundo por conocer y descubrir.
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