Te amamos, perro loco
- 20 jun 2025
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Navidad del 2010. Llegaste desde 9 de julio en una bolsa de ropa, pulgoso como nunca imaginé, muerto de sed y calor, en brazos de mi amiga Gabi, con quien compartíamos casa en ese entonces. Apenas te vi supe que estaríamos juntos por siempre. Y así fue.
Mi amor por vos es directamente proporcional al bardo que siempre fuiste, hasta que, con los años, te convertiste en un señor perro. Ayer, mientras te ibas yendo, pensaba cómo podía amarte tanto con todas las cosas que hiciste, con todo el laburo que nos diste. Sacarte a pasear era una odisea imposible: tenías tanta energía y tanta emoción que salías saltando en tus dos patas de atrás –las mismas que últimamente te abandonaron– y nosotros sosteniendo la correa con las dos manos como si estuviéramos practicando esquí acuático. Volver del trabajo a casa se conviertió durante mucho tiempo en una actividad adrenalínica, ya que nunca sabía con qué me iba a encontrar al abrir la puerta: bolsas de tierra fértil desparramadas por todo el patio, todo mi placard de calzados tirado con las plantillas comidas, muebles masticados, puertas derribadas, entre otros.
Nuestros amigos recuerdan entre risas lo difícil que era entrar a casa y las distintas artimañas (o armas defensivas) que fuimos incorporando para poder atravesar el patio y llegar a la cocina sanos y salvos: una bicicleta como escudo protector (ya que les tenías un miedo pavoroso); un vaso de agua amenzándote con ser mojado (ya que en relación al agua siempre fuiste más gato que perro); un diario enrrollado simulando una cachiporra. Cuánta intensidad, Benchu.
Toda esta energía con la que viniste a dar vuelta mi mundo me transformó profundamente. Y de ahí, el amor incondicional que te tuve y te tendré, babaucito. Llegaste para sacarme de un ensimismamiento en el que andaba navegando producto de muchas desilusiones y duelos. Me obligaste a conectar con lo vital, con la vida, con el movimiento. Me diste un propósito simple y valiosísimo a la vez: cuidarte. Y salimos andando los dos. Gabi te salvó –cosa que jamás olvidaste– y vos me salvaste a mí. La vida se llenó de anécdotas, de paseos, de amor y compañía, de planes para hacer juntos. La casa se llenó de ruidos, de corridas, de pelos y ladridos. Y todo empezó a ser más lindo, más luminoso, más feliz.
Desde que llegaste, empecé a volver a casa con esa alegría de saber que me estabas esperando, y que mi regreso era siempre el mejor momento de nuestro día. Me enseñaste el significado de la renuncia, de lo que significa estar a cargo de un ser que te espera, te necesita y requiere de vos, sin importar qué día sea ni qué tengas ganas de hacer. Con el tiempo, vos también empezaste a cuidar de mí. Recuerdo cuando me enfermé de hepatitis que no te despegabas de mi lado, y te acostabas al lado del sillón donde yo descansaba, con una quietud muy poco habitual en vos. Recuerdo los embarazos, en los que tuve que hacer reposo y vos siempre ahí, al pie del cañón vigilando que nada me pasara.
Fuiste la razón de muchas de las decisiones que tomamos como pareja y como familia. Porque con vos empezó nuestra familia. Desde el lugar donde vivir (sin escaleras –porque nunca pudiste subirlas– y con patio), hasta el cambio de auto, elegido expresamente para que pudieras viajar con nosotros.
Pero como lo bueno pasa rápido, el tiempo voló y todos nos pusimos grandes. Nosotros y vos. Sólo que a vos te tocó irte antes porque la vida perruna, lamentablemente para la humanidad, es insólitamente corta.
Hoy el dolor está a flor de piel. Sé que hicimos lo correcto, que te merecías partir en paz y dejar de sufrir. Tuve que practicar esa renuncia que me enseñaste hace casi 15 años y ponerla en práctica aunque se me partiera el corazón en mil pedazos. Tuve que dejar de lado mi deseo de tenerte con nosotros y dejarte ir.
Con vos siento que se va la etapa más importante y más hermosa de mi vida hasta ahora, que fue la de armar nuestra familia. Sin vos, todo esto hubiera sido muy diferente. Y de ahora en más, lo será. Porque no perdimos un perro, perdimos una parte de la familia, un amigo incondicional.
Adiós, perro loco. Benchu babau. Babaucito lindo.
Que tu cielo esté lleno de huesos, cueritos de asado y empanas de carne.
No te vamos a olvidar nunca.
Te amamos, perro loco.
Adios Benchu. Siempre te quise y te querre
Me gusto mucho cuidarte cuando estabas en casa de vacaciones compartiendo con Korneta