Existen muchas maneras de ser héroes en nuestro tiempo. No siempre es necesario ser portadorxs de un súper poder para pertenecer a esa casta. A veces alcanza sólo con el don de la empatía.
Fiesta de cumpleaños. Adultxs con hijxs de diversas procedencias y edades. Niñxs que no están acostumbradxs a jugar juntxs. Se conocen poco.
La dinámica fue muy física: corrían, luchaban, se tiraban por el tobogán. Así, toda la noche. De pronto, a ese movimiento constante, se sumaban reglas o personajes: se construía un fuerte armado de sillas, al que sólo podían acceder algunxs, mientras que lxs otrxs asechaban el lugar; se establecían modos particulares de uso del tobogán; se desarmaba un pata-pata para convertirse en controlador de una productora (papel que le tocó a Amanda, quien con algo que simulaba un walkie-talkie, informaba al fuerte de la situación en los alrededores).
Ante tanto movimiento, tanta velocidad en cuerpo y habla, Sofi se sentía avasallada: gritaba, tiraba del pelo, empujaba, lloraba. Realmente no se hallaba cómoda en esa dinámica, demasiado veloz para sus posibilidades. Pero no dejaba de querer estar. Así que pasó casi toda la fiesta yendo y viniendo del juego a mi regazo contenedor.
En un momento dado, ya de medianoche, iniciaron una discusión que fue subiendo de tono: Sofi no seguía las reglas del tobogán que regían en ese particular momento, lo que provocó un fuerte enojo en uno de los participantes. El niño gritaba porque Sofi no hacía caso y Sofi, incapaz de responder verbalmente al reto, empezó a tirar cabezazos... Tensión.
En eso la veo venir a Amanda: "Vos no le podés hablar así a mi hermana. ¿No ves que tiene Síndrome de Down? No entiende lo que le decís. Así no te entiende". Iba mascullando estas frases mientras perseguía al pequeño tratando de captar su atención y explicarle que no era el camino. Amanda insistía. El niño se escabullía.
Mi marido me dice: "Andá a parar a Amanda". Y yo, que la miraba embelesada porque estaba haciendo algo que nadie le había pedido nunca que hiciera, contesto: "Pero ¿por qué?". De todos modos me paré para ordenar un poco el caos y calmar los ánimos. Llamé la atención del niño y le expliqué que Amanda quería decirle algo, si por favor la podía escuchar. Y la escuchó. Pero, como también era peque, no entendió demasiado. "Ami" –le dije a mi hija– "ya le dijiste lo que tenías para decirle. Pero es un nene chiquito. No es fácil para él entender que Sofi tiene Síndrome de Down y que necesita que se le hable con frases cortas y lentamente. Pero lo que hiciste estuvo perfecto. Te re amo. ¡Sos una genia!".
A partir de esa escena, las niñas mayores cambiaron el juego: plantearon un modo de tirarse del tobogán que Sofi podía entender perfectamente, siguiéndolas a ellas como modelo, y todxs contentxs. Jugaron hasta que nos fuimos.
La actitud de Ami y de las nenas mayores que la acompañaron me dejó pensando mucho. No sólo porque me impacta muy fuerte desde lo emocional lo que mi hija siente y las acciones que consecuentemente lleva a cabo, sino porque me hace pensar en el camino que debemos construir hacia una real inclusión social. Me emociona pensar que si una niña como Ami, desde el afecto y el amor que tiene por su hermana, puede interpretar una situación como la que describí en este texto y actuar en favor de la persona que tiene otras necesidades, cualquier niñx podría hacerlo, con las herramientas adecuadas y la educación necesaria. Pero sobre todo por los vínculos y el contacto que estas generaciones están teniendo con las personas con discapacidad a partir de la Ley de Inclusión Escolar.
Empiezo a pensar y a sentir que lxs niñxs son el camino para construir un mundo un poco mejor, más empático e inclusivo que el que logramos quienes ahora somos adultxs.
Empiezo a pensar que la empatía puede ser un súper poder y que, sin dudas, Amanda es mi super-heroína.
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