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Océanos de tiempo

  • 24 ene 2024
  • 3 Min. de lectura

El tiempo pasa, implacable y desconsiderado, sin que podamos muchas veces detenernos a observar las cosas que más nos importan. Y esa velocidad con la que avanzan los días, las semanas, los meses, los años, se ha incrementado desde que llegaste a mi vida, Amanda. Hoy, después de 10 años, todavía recuerdo en el cuerpo las sensaciones de tu nacimiento, tu olor de bebé, tu ropita, el tenerte en brazos, amamantarte, el dolor de las contracciones, el momento en que dije "no puedo más" y saliste, las sensaciones –contradictorias– de haberme convertido en madre. Y hoy, mi vida, se cumplen 10 años. Parece mucho, pero es poco, porque la maternidad es tan demandante que no tuve tiempo de darme cuenta cuánto estabas creciendo... Lo vi, lo dije muchas veces, pero mi cerebro tardó más que mi vista y mi voz en darse cuenta de que estás dejando la niñez, pasito a paso, y que yo, junto a vos, tengo que modificarme, transformarme nuevamente, en una madre que no sé ser.

Creo que a pesar de esa "ignorancia", de ese "no saber ser" con el que hemos enfrentado cada nueva etapa, la cosa marcha más o menos bien. ¿Será porque te esperé toda una vida? ¿Será porque lo que más quería en el mundo era tener una hija mujer? ¿Será por ese amor que no conocía y que fuimos construyendo y descubriendo a lo largo de esta década? ¿Será porque tenía que ser? La verdad es que no lo sé. Sólo puedo decirte que desde que llegaste me vengo transformando en otra versión de mí que no conocía y que voy descubriendo a medida que vas creciendo; que así como vos vas visiblemente cambiando en tu exterior, yo transito una modificación interna constante, lenta pero sin pausa, que entiendo yo es la que me permite acompañarte en cada etapa. Una transformación de la cual no reniego para nada, sino que me ha dado la posibilidad de ser mejor persona, más empática, más tolerante, más paciente, más sensible.

Escuché por ahí una frase de alguien que dijo que la maternidad es un acto de egoísmo. Yo creo que, muy por el contrario, es un acto de entrega total: física, mental, emocional, económica, social. La vida te cambia de una manera radical, de una forma tan profunda que no deja posibilidad de retornar a tu yo de antes. Creo que aplica muy bien a esta idea la palabra "enajenar" en el sentido de "desposeerse" de una misma, del tiemo para una, del poder hacer lo que quieras en el momento que quieras. Y eso es muy fuerte, y creo que es la parte más difícil de ser madre. Sin embargo, como contrapartida a ese sacrificio, están esos ojos que te miran siempre con amor, que te ven como la más linda y la mejor aunque estés recién levantada y toda desalineada; están esas manitos que te toman la tuya para llevarte a un mundo de juegos y fantasías que hace rato no habitabas; están las canciones, los cuentos, las películas, las historias que alguna vez fueron tuyas; están los planes, los deseos, los viajes que compartimos y compartiremos; estás vos y estoy yo en vos, porque me veo y me reconozco en tus gestos, en tus palabras, en tu forma de hablar. Y ese reconocerme en vos me ha permitido repararme, sanar algunas de la heridas que traía la niña que fui. Sé que es difícil de entender, pero en ese construirme como tu mamá, pude armar una historia distinta a la que yo tuve. Y eso fue sanador para mí.

Gracias, hija preciosa, por este viaje de vida que estamos haciendo juntas. Gracias por el amor y todos los aprendizajes. Gracias por ser tan dulce conmigo, por quererme tanto, por tus conversaciones, por las carcajadas que compartimos. Gracias por ser tan atenta y empática, por acompañarme en este camino de ser madre de dos y, sobre todas las cosas, por acompañar tan amorosamente a tu hermana. Algo bien estamos haciendo.

Feliz vida, mi cielo! Te amo infinito.

Mamá


 
 
 

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