Epifanía
- 22 abr 2020
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 23 abr 2020
La vida en cuarentena nos pone en la situación de poder observar mucho más de cerca a nuestrxs hijxs. Y para lxs que tenemos el ojo entrenado en este tipo de observación –no por especialistas sino por obsesivxs– todo pequeño detalle cuenta. Uno de los días de este encierro, mis hijas estaban jugando juntas no recuerdo bien a qué. Lo que sí recuerdo es que Amanda salió corriendo y Sofi la quiso imitar. En seguida me pregunté "¿habrá intentado correr?". Nunca confío en mis primeras impresiones.
Más tarde, viendo que la habitación estaba completamente despejada de juguetes y trastos, se me ocurrió proponerles hacer una carrerita de pared a pared, antes de ir a dormir. Mi primera impresión había sido certera: Sofía se esforzaba por "correr" con dos meses de experiencia como caminante. Y lo hacía motivada por el juego, por el deseo de estar en ese espacio y en ese tiempo con su hermana, su persona favorita en el mundo. Me sumé a sus pasos y a sus risas inmediatamente. Hasta que percibí que estaban jugando entre ellas, sin la necesidad de que yo mediara...
Me senté en un rincón a observar. Desde mi quietud de piso, las veía reír, moverse y divertirse como nunca antes... Y entonces, al observar esa carrerita, que transcurría entre gritos de euforia y gestos desacompasados, tuve una suerte de revelación... Eso que estaba sucediendo, ese juego, condensaba la forma de ser y estar de Sofi en este mundo, un modo de compartir nuestro espacio-tiempo en modo suave, a otro ritmo, a otra velocidad, pero con las mismas intenciones que todos tenemos: llegar a la meta.
Esa escena me revelaba el mundo de relaciones que Sofi nos propone, un mundo en el que todxs podamos participar aportando lo que tengamos para aportar y apoyándonos en lxs demás para las cosas que nos cuestan más. Un mundo que le dé oportunidad a todxs y cada unx, sin excusarse en las diferencias, de jugar la carrera de vivir.
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