El mundo cambia
- 21 mar 2021
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Hace poco más de 5 años, en el mes de marzo, terminaba de entregar toda la documentación para solicitar una beca de estudio en la universidad. Estaba embarazada de Sofi, sin saber nada de su condición genética ni de lo que nos esperaba con su llegada. Sofi llegó en mayo. En agosto, me notificaron que me iban a otorgar la beca. Pero yo, para entonces, ya era otra mujer, una mujer que se sentía completamente diferente de la que había aplicado a la beca en marzo.
Mi primera reacción fue la de rechazarla: no podía conectar con nada que no fuera mi hija, mis hijas, mi pareja, los cambios que estábamos atravesando y eso que íbamos a tener que armar de nuevo: nuestra familia. Al menos esa era la sensación, que no necesariamente tiene que ser "verdadera". Era lo que sentía y experimentaba, en un mar de lágrimas que cesaba poco a poco.
Recuerdo que mi marido estaba de viaje cuando llegó la noticia. Mi directora me mandó un mensaje: "¡Ana, te ganaste la beca!" y una foto de la lista de los aspirantes seleccionados. Recuerdo que le reenvié el mensaje a mi pareja y me dijo algo así como "No puedo estar más orgulloso de vos". Y yo lloraba... De alegría, porque finalmente me sentía reconocida en mis esfuerzos laborales y de estudio, y también de angustia, porque sentía que no iba a poder.
Pero esa es otra historia... (la de si pude o no pude... todavía está por cerrarse). Lo que quiero contar es que entre la licencia por maternidad, la licencia que me tomé por la beca y la pandemia, estuve toda la vida de Sofi trabajando desde casa.
En febrero tocó volver. Volver a la escuela, volver a las aulas, volver a un espacio y a una función que me habían constituido subjetivamente en una de mis facetas y que volvía a poner a funcionar después de mucho tiempo. Estaba feliz. Estoy feliz.
Al regresar descubro que la escuela me aloja como una casa familiar, a la que una vuelve después de un largo viaje. Pero sus integrantes ya no son los mismos: hay nuevas personas y lxs que ya estaban desde antes de que yo llegara, también son otrxs. La escuela es otra. Mutó. Y en ese cambio que observo es donde me siento alojada. Vuelvo a una escuela con un plan de inclusión en plena expansión. Entro el primer día de clases a mis dos burbujas: las dos con una maestra de apoyo. Empiezo a sentir que hay aspectos de mi vida, puntos de coincidencia que parecen correr en paralelo a mis experiencias escolares: Sofi empezó este mismo año con maestra de apoyo en el jardín. Es una sensación extraña, pero después de cuatro años de una vida que no esperaba, pero que supe recibir con toda la alegría que pude, vuelvo a una escuela que siento más propia que antes, cuando la dejé.
Y es por eso, porque lo personal es político, que tuve la idea de unir lo institucional con un interés personal: para concientizar sobre el Síndrome de Down, este 21 de marzo le propuse a una alumna de 3º año del nivel secundario, una alumna con Síndrome de Down, que hiciéramos una entrevista. Fui feliz hablando con ella porque vi a una adolescente en su plenitud, con una vida completa y que "ama" (como dice ella) la escuela a la que asiste. Y en esa respuesta que ella da repetidamente, "amo", estamos todxs lxs que hacemos esta escuela: el plantel docente, el equipo directivo, el equipo de orientación y lxs estudiantes y sus familias que incluyen, que le abren la puerta a una persona hermosa que sólo necesita que la traten como una más para poder desplegar todo su potencial.
Volver a la escuela renovó mis esperanzas. Volver a esta escuela de la que les hablo me pone en otro lugar, un lugar en el que me siento mucho más cómoda y mucho más útil. Siento que puedo colaborar y participar activamente de un proyecto de inclusión, de integración y, diría yo, de equiparación de las posibilidades para todxs lxs niñxs y jóvenes que la tienen más difícil que el común de sus compañerxs, sea por el motivo que sea.
Vuelvo a una escuela en la que me reconozco, en la que me hallo a mí misma y a mis sentimientos. Y hasta ahora, veo que aquello que imaginaba para mi Sofi es posible...
Esto recién empieza. Eduquemos niños, niñas y jóvenes que respeten las diferencias y el mundo cambiará radicalmente... Esa es la clave: cambiar la mirada.
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