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Comunidad

  • 20 feb 2021
  • 2 Min. de lectura

Sofía y yo jugábamos en el bosquecito de pinos que hace de fondo soñado en la casita de la playa. De pronto, Sofi se va corriendo hacia la ligustrina que divide lateralmente los terrenos. Mientras la voy siguiendo, veo un niño un poco más grande que ella jugando con baldecitos y arena. Lleva anteojos. Los vidrios le achican los ojos y, por un momento, pienso que me estoy imaginando que se trata de un niño con Síndrome de Down. Automáticamente, le observo las orejitas. Y mientras me acerco confirmo mis primeras impresiones.

Me emocionó mi hallazgo. En un principio, no pensé bien qué me estaba pasando. Sólo me entregué a vivir las emociones que emergían en el momento: la de Sofi, por tomar contacto con el niño; la mía, porque sentía que ahí iba a haber conexión. Una conexión diferente.

Alcé a Sofi para que pudiera ver al niño por encima de la ligustrina, y se acercaron inmediatamente papá y abuelo a saludarnos. "¡Qué hermosa es!", fue lo primero que dijeron. Yo dudo de si se dieron cuenta de que Sofi es una niña con SD. Para mí, es evidente. Pero lo cierto es que no tiene todo los "estigmas" (sí, así se llaman las marcas físicas que tienen las personas con SD) y, a veces, desorienta. Y entonces empiezo a hablar el lenguaje de los padres y madres que tenemos hijxs con alguna discapacidad intelectual: hablo de su lenguaje, de su marcha, de sus terapias. Mientras, Sofi insiste con pasarse de lado a jugar con Toto. Le digo al papá y al abuelo: "¿Les molesta si paso del otro lado? Sofi quiere jugar con Tomás". Y ahí se produce la magia: nos invitan a pasar, conocemos al resto de la familia (la rama femenina: madre, hermana y abuela) y charlamos de la vida, de esta vida tan particular que nuestrxs hijxs nos han traído con su existencia. Hay entre nosotrxs vivencias comunes, miedos comunes, preocupaciones comunes. Experiencias que merecen ser atendidas porque sientan precedente para los que venimos más atrás, porque nuestrxs hijxs son más peques.

Y mientras charlo con las mujeres de la familia, y Sofi juega con Toto a la pelota y se escucha "gol" de fondo, me siento segura, me siento plena y en paz, porque puedo hablar de mi hija sin medir las palabras, sin matizar las preocupaciones, sin amortiguar los miedos. Porque esas mujeres saben bien de qué les hablo, saben mejor que nadie lo que significa cada logro de Sofi, cada pequeño avance, cada retroceso. Hay ahí un nivel de comprensión, de empatía, que no sucede habitualmente. Una conexión diferente.

Ningún hijx viene con manual; pero para los niñxs comunes, unx sabe más o menos qué esperar. Cuando te toca ser papá o mamá de un niñx con SD, no podemos saber bien cuándo van a suceder los hitos de la vida, ni cuáles van a suceder y cuáles no. Por eso, cuando llegan, la felicidad que sentimos es inconmensurable. No se parece a ningún sentimiento que haya experimentado en la vida, previamente.

Nos unen las alegrías. Nos unen las tristezas. Nos une una manera particular de entender la vida: ese modo de ser en el mundo que nos enseñan nuestrxs hijxs con SD.

Donde sea que nos encontremos, somos comunidad. Nos sentimos en casa.


 
 
 

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