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Una guitarra reparadora

  • 1 feb 2020
  • 3 Min. de lectura

Mis primeros cuatro años de escolaridad transcurrieron en un colegio del barrio de Belgrano, cuyo edificio me pareció siempre enorme (incluso cuando volví de adulta para una charla de capacitación docente): Nuestra Señora de la Misericordia. Allí se ubica el conocido Auditorio Belgrano, donde cada fin de año las alumnas de la escuela desplegábamos un gran show a modo de cierre del ciclo lectivo. Tengo varias anécdotas de estos espectáculos en relación con los papeles que me dieron en los últimos 3 años gracias a mi altura (caballero antiguo para el baile de Cenicienta, ya que no había varones; árbol de algún bosque que no recuerdo, aunque sí recuerdo el calor que pasé en diciembre con pasamontañas y medibachas marrones; y el protagónico de madre que llevaba en un chango a una de las niñas Salazar –no era Luli– entre un mar de frutas y verduras danzarinas...). Sin embargo, no son esas anécdotas lo que vengo a contar, sino la fatalidad del destino que repite historias a pesar de nosotrxs mismxs.

Cuando estaba terminando sala de 4, me tocó hacer de integrante de una banda musical, de esas que desfilan y van vestidas como paquitas de Xuxa, muy al estilo del norte de Nuestra América. La seño nos había dicho que lleváramos un instrumento que tuviéramos en casa, para no sumar gastos al del disfraz, que era bastante específico. Yo dije que iba a llevar una guitarra, ya que tenía una pequeñita de madera en mi casa, con la que solía jugar.

El día del espectáculo, no recuerdo bien por qué ni cómo, llegué a mi enorme escuela sin la guitarra. Lo poco que recuerdo de ese día es el estar en mi salita llorando y a mi maestra tratando de convencerme de salir igual a escena. Y lo hice. Hay testimonios fotográficos que me muestran pequeña y muy seria, haciendo la mímica correspondiente a lo que sería tocar una guitarra, pero sin ningún instrumento ni elemento que se le asemejara.

Hace más o menos un mes, a mi hija Amanda le tocó hacer de rockerita en la muestra de acrobacia en telas. Para esta ocasión, nos pidieron específicamente una guitarra inflable de cotillón, supongo que por cuestiones de seguridad, para que no haya nadie golpeadx por una pieza de madera. La guardé con celo arriba de la heladera, dobladita en su sobre para que no corriera el riesgo de pincharse y desinflarse en medio de la muestra... No estaba muy a la vista... y me la olvidé. ¡¡¡Me la olvidé!!!

Me di cuenta apenas terminé de estacionar el auto a una cuadra del teatro porque vi a las otras nenas llegando, guitarra en mano. Y entonces me sentí la peor del mundo: que cómo me la había podido olvidar, que era la peor madre del mundo, que por qué no hago check list ahora que estoy mayor y muy atareada con múltiples ocupaciones y responsabilidades... Pero lo que más me aterrorizaba era la idea de repetir la foto y ver a Amanda (y volver a verme) haciendo la mímica de un instrumento invisible y ausente.

Empecé a elevar la voz, que bajaran del auto, que tenía que volver a casa, que no podía ser, que soy una b***uda, que me había olvidado la guitarra... Mi marido, que conoce mi historia de la guitarra de pe a pa, se ofreció a ir en mi lugar a buscar el instrumento, porque vos vas a chocar con los nervios que tenés... Mientras tanto, fui a avisarles a las profes del olvido y a consultarles por los horarios de entrada en escena para calcular el tiempo... Por suerte, nos sobraba.

El padre llegó como un héroe con la guitarra ya inflada justo un minuto antes de que comenzara el show y yo empecé a sentir en ese momento una sensación reconfortante... Dejé de culparme por el olvido y entendí que habíamos podido repararlo, que habíamos logrado que cambiara la foto, que habíamos evitado las lágrimas y el mal recuerdo. Volvimos a tomar la foto, esta vez, con mi niña pequeña y muy seria (como suele ser) pero con guitarra. Una guitarra reparadora.


 
 
 

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