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La fiesta de todxs

  • 16 dic 2019
  • 5 Min. de lectura

Después de varios meses de silencio, reaparezco con el empuje del cambio de clima político que hemos transitado esta semana. Y vengo con una reflexión que, de alguna manera, atraviesa casi todos los aspectos de mi vida.

Estas semanas finales del año fueron muy especiales y movilizantes para mí. En primer lugar, mi hija mayor, Amanda, terminó el nivel inicial. Sale del jardín definitivamente y, con esa salida, se cierra la etapa de la primera infancia. Fueron semanas de mucha revisión, de recorrer con el pensamiento las diferentes etapas que tuvo Amanda en el jardín, las diversas dificultades que supo sortear junto a nosotros, su familia, y las que todavía nos quedan transitar.

También cerramos el primer año de jardín con Sofi, el único que hará junto a su hermana. Si bien las dificultades de Sofi fueron muy diferentes a las de Amanda, ya que estuvieron básicamente vinculadas a temas de salud que la hicieron ausentarse por períodos prolongados de forma periódica, logró adaptarse perfectamente a la propuesta de las docentes y a la rutina del jardín. Es una nena completamente feliz en su escuela, amorosa con todos, sociable y bien predispuesta. Verla feliz fuera del seno familiar fue uno de los mejores regalos de este año.

Ahora, como mamá de una niña con discapacidad, por primera vez me enfrenté a una situación que nunca había anticipado. En la reunión de entrega de informes del grupo de Sofi, el equipo docente y directivo del jardín nos propuso una actividad a los padres y las madres que consistía en evaluar, de alguna manera, qué nos llevábamos como familias del jardín en el año transcurrido. Claro que la conversación obvia con papás y mamás de niñxs de un año o dos cae de maduro en los avances que han alcanzado sus hijxs, las cosas nuevas que saben hacer, las palabras que dicen... Y de pronto, yo que siempre tengo algo para decir, me quedé muda. No podía asentir ni compartir los mismos adelantos con las otras familias porque mi hija, que tiene 2 años y 7 meses, todavía no hace casi ninguna de las cosas que sí hacen lxs niñxs de un año o dos. Me quedé callada, abocada a la tarea que me habían encargado, que era escribir lo que los miembros de mi grupo compartían. Finalmente, como tenía el papel en mis manos, me tocó hablar para poner en común lo que mi grupo había conversado. Y ahí no pude más y, sin darme cuenta de que se venía, me largué a llorar. No estaba angustiada, estaba completamente emocionada por lo que Sofía había logrado al fin de este ciclo, que tal vez no coincidía con los logros de lxs otrxs niñxs, pero que para mí, como mamá de una niña con discapacidad intelectual, fue lo mejor que le pudo pasar en este año.

Cuando tomé la palabra, entonces, expuse lo que tenía anotado y luego me presenté como la mamá de Sofía, la niña con Síndrome de Down que va a la sala de lxs Pollitxs chicxs del turno mañana y traté de explicar que mi hija, a pesar de ser mayor respecto a todxs lxs otrxs niñxs de la sala, no puede hacer las mismas cosas... Pero que yo la veía tan bien, tan avanzada dentro de sus posibilidades. Y dije, tal como pienso, que el jardín había sido un gran estímulo para sus avances y para su socialización. Y que Sofi había conseguido apropiarse de ese espacio como algo que es parte de su vida y la llena y la hace feliz. Dije todo esto y otras cosas, porque no todo el mundo sabe que lxs niñxs con Síndrome de Down aprenden más lento, que hay que darles su tiempo y trabajar mucho con ellxs... No se sabe. Pero yo quería que lo supieran, porque detrás de los avances que logra Sofi –que pueden parecer pocos si la comparamos con sus compañeros– hay muchas horas de estimulación y trabajo con ella. Hay mucho esfuerzo. En ese momento de lágrimas, las maestras de Sofi me acompañaron amorosamente contando todo lo que Sofía sí sabe hacer, cómo mejoró sus movimientos y desplazamientos en el espacio físico, cómo se comunica, cómo se expresa, el cariño que transmite...

Detrás de las cosas que Sofi va logrando hay muchxs adultxs trabajando, insistiendo, pensando alternativas, alentándola a ella y también a nosotrxs, que muchas veces nos frustramos, porque después de todo somos simplemente humanxs. Sofi no sería quien es si no hubiera detrás de ella un trabajo colectivo, un trabajo en equipo, de todxs; si no hubiera políticas de Estado para la cobertura de los tratamientos que requieren las personas con alguna discapacidad; si no hubiera una política educativa que promueve la inclusión; si no hubiera gente que lucha porque esos derechos garantizados por ley se concreten de manera efectiva en la vida real.

Y ese es el espíritu que quiero rescatar hoy en la coyuntura que estamos viviendo: solxs no vamos a ningún sitio. No llegamos a nuestras metas por mérito individual. Eso no es verdad. Es una gran mentira con intencionalidad política que aparece disfrazada de cierto objetivismo: "si te esforzás, llegás". Es un discurso que busca que le pisemos la cabeza al de al lado para intentar llegar más alto. Es una falsa visión del mundo que aboga por la división, por la escisión, por el enfrentamiento y la enemistad. "Divide y reinarás", sostiene un refrán antiquísimo. El discurso sobre la meritocracia no funciona. En ninguna dirección posible. Porque hay gente que nunca hizo ningún esfuerzo y tiene la vida resuelta. Y hay otrxs, como Sofi, que por más que den todo de sí, no llegan solxs.

El jardín de mis hijas es un claro ejemplo de lo que intento decir. Desde la institución se va tendiendo un lazo que une el colegio con la casa. Todxs somos parte del mismo equipo y tenemos un fin en común: lograr la primera socialización y los primeros aprendizajes de nuestrxs pequeñxs. Cuando el equipo directivo entendió que, como familia, teníamos que ocuparnos de ciertas cuestiones para contribuir al proyecto, nos lo comunicaron y actuamos en consecuencia. Asimismo, la institución fue para nosotrxs un gran sostén cada vez que tuvimos algún inconveniente, duda o planteo. Y, especialmente, cuando nació Sofía... que no sabíamos qué hacer con Amanda, nuestra tristeza y nuestros miedos de ese primer momento.

Ser parte de un proyecto, de una comunidad, de un colectivo es lo que nos define como individuos. Es el otrx y mi relación con el otrx lo que nos constituye. Somos gregarixs, a no olvidarse. Nos necesitamos.

El cambio de signo político que trae el nuevo gobierno viene en el sentido de construir un proyecto colectivo de país. Y eso no significa repartirnos por partes iguales el trabajo, para hacer individualmente la tarea que nos toca como si fuéramos escolares inexpertxs, sino hacer en la medida de las posibilidades de cada uno, aportar aquello que cada uno pueda o sepa. Completarnos, compensarnos entre todxs.

Trabajar aportando desde la diversidad es el camino para que la fiesta empiece a ser de todxs.


 
 
 

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