Una luz en la maternidad
- 3 jul 2019
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Hoy Sofi cumple 26 meses. Hoy, después de muchos días de encierro, salimos en transporte público para hacernos una placa de tórax... ¡Gran salida! Fuimos juntas, ella en su mochilita portabebés mirándome de frente y riéndose todo el tiempo con esa sonrisa que me desarma. Supongo que la motivaba nuestra intimidad, nuestra posibilidad de estar tan cerquita en medio de tanta gente y un eclipse solar. O tal vez su sonrisa mostraba, después de mucho tiempo de sentirse mal y no tener energías, la alegría que le causa nuestra vida juntas.
Y es que volvimos a compartir casi todas las horas de la jornada. Un principio de neumonía la dejó fuera del jardín después de muchas semanas de mocos, idas a la guardia y faltas al maternal. Y si bien me encuentro haciendo malabares para poder cumplir mínimamente con mis obligaciones –cosa que me estresa muchísimo y me pone de muy mal humor– descubrí que hay algo en mi vínculo con Sofi que me permite vivir y transitar este momento sin enojarme con ella.
(Hago un paréntesis porque a esta altura del texto muchos pueden haberse escandalizado. Pero sepan que lo que digo no es de mala madre. Es de un ser humano exhausto. En otras situaciones de estrés extremo me ha sucedido "estar enojada" con mi hija Amanda... No por necia ni por falta de capacidad para entender que la chica no tiene la culpa de enfermarse. Lo sé. Racionalmente lo sé. Pero cuando una estalla, no puede medir las emociones, ni controlar su dirección. Las mujeres madres nos encontramos, en muchas situaciones, siendo rehenes de nuestros hijos. Y lo digo con todo el amor que le tengo a mis dos hijas, que nada tienen que ver con este sentimiento. Pero si no conseguimos que una abuela, una tía, una amiga, una empleada nos cubra por un rato, muchas veces estamos impedidas de salir a la calle a hacer lo que tenemos que hacer. Las madres somos siempre las que dejamos de hacer cosas por cuidar de los niños. Somos las que resignamos, suspendemos, postergamos. Y eso está completamente naturalizado. Y las que nos secundan son, principalmente, nuestras propias madres, que postergan sus propias cosas para que nosotras podamos, por ejemplo, asistir a un concurso en la universidad en el que está en juego nuestro puesto de trabajo.)
Sofi tiene la capacidad de volverme al eje, de mostrarme lo que verdaderamente vale la pena. Y si bien yo no aprendo y me sigo preocupando y angustiando por cosas que no debería, su sabiduría me obliga a ser mejor persona con ella. A esforzarme para estar a su altura, para ser digna de compartir su manera de ver el mundo. Sofi me enseña que la felicidad está en las cosas simples. Que no hay que desperdiciar ni un solo beso o abrazo; que mirarse a los ojos y reír paga el día; que las caricias diarias que nos conectan desde lo afectivo no pueden faltar; que cada vez que alguien entra en casa tiene que ser recibido con toda la atención y el cariño que se merece; que siempre es un buen momento para bailar; que no hay nada más lindo en el mundo que tener hermanos; que si estamos juntas nada puede estar mal.
Gracias a ella puedo ir un día a hacer una placa de tórax sonriendo, con y para mi hermosa hija.
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