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De la importancia de narrar

  • 8 jun 2019
  • 3 Min. de lectura

Los nodos en los que las vidas confluyen, se unen o simplemente se cruzan son inimaginables. La razón por la que nos encontramos en un espacio y un tiempo que nos interpelan de manera contundente, sin que ese espacio y ese tiempo sean necesariamente los propios, es difícil de desentrañar. Tal vez no haya que hacerlo. Debíamos estar ahí. O elegimos estar ahí. Quién sabe.

Lo cierto es que acompañé a mi querida amiga Lorena (alias "Chiqui") a la entrega de premios de un concurso literario para pacientes oncológicos en el que ella había participado y allí me encontré, de alguna manera, conmigo misma. Mejor dicho, con el motivo fundamental de la existencia de este humilde blog: la relación entre la elaboración de una experiencia dolorosa y la escritura.

Sentada entre los participantes y finalistas veo al médico oncólogo que organizó el concurso llorando de emoción en el escenario por haber logrado eso que estaba pasando allí: que 225 personas de 11 países diferentes pusieran en palabras sus vivencias relacionadas con el cáncer bajo la premisa de transmitir un mensaje esperanzador. Veo a la conductora del evento, madre de una niña que murió a causa de esta enfermedad, presentando a los participantes del concurso y no logro comprender del todo cómo hace para estar parada ahí, hablando del cáncer después de haber perdido a su niña. Veo y miro con atención. Trato de aprender. Escucho atentamente lo que esta gente tiene para decir y entonces comprendo que nadie puede permanecer igual, sin cambios, después de haber atravesado un tratamiento contra el cáncer. Después de haber sufrido modificaciones en el cuerpo. Después de haberse visto a sí mismo imposibilitado de valerse por sus propios medios al finalizar una sesión de quimioterapia. Después de haber enfrentado el miedo a morir de una manera cercana y concreta. Después de haber perdido a un ser amado. Frente a esa transformación –que ninguno eligió ni hubiera elegido en ningún escenario imaginable– parecería haber dos caminos: entregarse al dolor y al sufrimiento de manera pasiva o accionar para que ese sufrimiento no haya sido en vano.

Todos los que estaban en esa sala habían optado por la acción, por la lucha. Y recién entonces comprendí qué tan poderosa es la escritura, la puesta en texto de ciertas vivencias. Básicamente, porque la escritura tiene el poder de transformar también, como habían sido transformadas las vidas de todas aquellas personas. Con la diferencia de que en este acto de transformación sí es posible decidir. No nos toma como objetos de dolor y sufrimiento, sino como sujetos de acción: en esa posibilidad de decidir, está la posibilidad de elegir qué contar y cómo contarlo en función del mensaje que se desee transmitir.

La escritura permite transformar una experiencia no deseada en un punto de inflexión y de viraje para la propia vida. Nos da la posibilidad de construir discursivamente esa experiencia como algo positivo, entendiendo por positivo no la causa del dolor, sino nuestro posicionamiento frente a lo que nos ha tocado en suerte. Y, así, nos construimos en nuevos sujetos, valiosos para nosotros mismos y para aquellos que quieran compartir nuestras vivencias y aprendizajes.

Narrar mi vida como madre de una niña con Síndrome de Down no sólo me ha permitido sublimar el dolor que significó para mí la noticia de su condición en los primeros tiempos, sino que también –y sobretodo– me ayudó (y me ayuda) a encontrar lo maravilloso que es transitar la vida con Sofía. No podría verlo tan claramente si no lo pusiera, cada tanto, en un texto. Y esa puesta en texto, a su vez, me devuelve la mirada de los otros, que siempre ha sido una mirada de comprensión y empatía. Y es que en definitiva siempre escribimos para un otro, siempre estamos buscando la reacción del otro lado del texto. Y esta no es una posición de falsedad o una pose; es algo bien humano, porque en definitiva, lo único que tenemos son relatos.







 
 
 

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