Volver
- 27 ene 2019
- 3 Min. de lectura

Este viaje a Barcelona fue la primera vez que Sofía y yo nos separamos. Hasta ahora, siempre había viajado conmigo, incluso ha participado de algún que otro congreso… Pero la vida pasa, las cosas evolucionan y Sofía ya puede prescindir de su madre por unos días porque decidió que ya no quería que la amamante. Y su madre puede irse a trabajar tranquila, porque ya sería imposible repetir lo que hicimos en el pasado: Sofía (por suerte) ya no se queda quieta un minuto, anda gateando por toda superficie de piso que tenga a disposición y trata de alcanzar todo lo que está en las alturas. Últimamente también ha demostrado tener cierto carácter frente a la frustración: cuando no consigue lo que quiere protesta con énfasis, se hace sentir. Yo me río. No puedo dejar de alegrarme al verla enojada porque no consigue agarrar el celular con el que estamos hablando, con el que puede verme a mí, que estoy tan lejos de ella. Ese enojo es bueno. Esa capacidad que tiene de expresar lo que siente, me conmueve. Tal vez las mamás de niños comunes piensen que es una pavada total lo que digo. Pero no. Que una beba con SD se exprese como lo hace Sofi está muy bien, es un índice de que podemos tener esperanzas en que su desarrollo y evolución serán buenos.
Lo cierto es que la extrañé muchísimo, horrores. Yo a ella. No puedo ni pensar qué es lo que habrá sentido, qué piensa, qué espera. A Amanda también la extrañé, pero sé que ella puede estar muy tranquila sin mí. Es de mi misma cepa. En cambio, Sofi nunca se había separado de su madre. Un poco de culpa sentí cuando tuve tiempo (porque realmente fueron días muy intensos). Pero siempre estuve muy tranquila porque se quedó a cargo del mejor, su papá.
Ya falta poco para que nos reencontremos. Siento esta vuelta como un regreso a los míos, a mi familia, a mis hijas. Pero en realidad, desearía que estén de este lado del océano conmigo, y no tener que volver. Ya me había pasado cuando regresamos de Valencia, pero en ese momento era un sentimiento mucho más combativo, porque los míos estaban de este lado, y eso me llenaba de fuerzas para resistir, aunque sea mentalmente. Siento (tal vez me equivoco) que de este lado del mundo la vida sería mucho más fácil para Sofi. Creo que su adultez sería más feliz. No lo sé, no tengo certezas ni números estadísticos al respecto. Pero tanto en Valencia como en Barcelona he visto muchos adultos con SD en la calle, haciendo vida de gente común, vestidos con ropa a la moda y en distintas actitudes relacionadas con la vida cotidiana: salir a correr, tomarse una horchata en un bar con mesas en la calle, sacar a pasear un perro. No digo que en Argentina no se esté haciendo un esfuerzo enorme por incluirlos, pero cuando vengo a España creo estar en el futuro. Un futuro (deseable) que se estaría trazando, paso a paso, para la gente con SD en nuestro país.
Volver a Buenos Aires es volver al pasado. Por eso me duele. Es una zancada que me aleja nuevamente del lugar donde creo que sería mejor estar.
Volver es una palabra relativa. El sentimiento de volver se experimenta junto con el confort, la felicidad, la sensación de hogar. Eso me pasó al llegar a Barcelona esta vez. Seguro me pasará mañana cuando me funda en un abrazo con mis hijas y su papá. Pero me pregunto a dónde debería de volver la próxima vez que me encuentre entre las dos orillas.
Volver, con la frente marchita… No!
Comentarios