Creer o reventar
- 13 oct 2018
- 3 Min. de lectura

Muchas veces he escuchado hablar de la especial sensibilidad de los niños con Síndrome de Down. Que no tienen maldad, que son puro amor, que son híper cariñosos y afectuosos, entre otras cosas. Premisas que parecen llevar a la conclusión de que se trata de "angelitos". Nunca estuve tan de acuerdo con eso, porque en verdad creo que cualquier niño criado con apego tiene esas mismas cualidades.
Sin embargo, siempre sentí que Sofi es especialmente sensible a algunas cuestiones. Más que otros niños. Por ejemplo, cuando era muy bebé y pasábamos una tarde con amigos que tienen niños, Sofi no lo soportaba: ante los gritos y las voces altas de los juegos, lloraba. No aguantaba el volumen.
Otra cuestión: cuando escuchaba de mi parte la palabra "no" ante algo que había hecho (por lo general, morderme mientras la amamantaba), me respondía con un puchero –que no había visto nunca en mi vida– y, a continuación, un llanto desconsolado. (Acá vale la pena una aclaración: Sofi casi no llora. Le tiene que pasar algo muy tremendo para que lo haga: un dolor fuerte, un golpe, muchísimo sueño... Por eso, cuando llora, nos preocupamos muchísimo).
También empatiza mucho con su hermana: si Amanda llora, Sofi llora con ella.
Pero lo que pasó esta semana realmente me sorprendió. Fede y yo nos intoxicamos con algo que comimos. Primero cayó él; veinticuatro horas después, yo. Por suerte, esta vez no fue al mismo tiempo: se complica con las niñas ya que aquí en Valencia no tenemos quién nos venga a dar una mano. La noche en que yo me sentía tremendamente mal Sofi estaba conmigo en la cama mientras Fede dormía a Amanda. Yo necesitaba ir al baño, así que dejé a Sofi en su cuna y me fui. Volví a mi cama sola, sin ella, porque no me encontraba bien. Fede fue a atenderla: "Se sacude para todos lados. No quiere que la tenga a upa". Yo le sugerí que la dejara en la cuna nuevamente. Pero no quería estar ahí tampoco: se arrodillaba agarrándose de los barrotes, como queriendo salir. Dije sin pensar: "Debe saber que me siento mal". Fede volvió con Amanda (que seguía despierta esperando su ritual del cuento). No funcionaban las cosas. Sofi se quejaba y Amanda no se podía dormir. "¿Me la traes?", le pedí a Fede. Se acurrucó a mi lado, se puso el dedo en la boca y, en menos de un minuto, estaba dormida. Quería estar conmigo. Sabía que su mamá no estaba bien. Quería velar mi sueño, asegurarse de estar a mi lado mientras durara la tormenta. (Otra nota aclaratoria: Sofía se duerme sola casi todas las noches desde hace ya un año más o menos: la dejamos en su cuna mientras le contamos el cuento a Amanda. Ella espera a que termine la lectura y, cuando apagamos la luz, se duerme).
Me emociona profundamente sentir que tengo conmigo un ser como Sofi, con una capacidad de empatía que realmente nos hace falta. Empatía que, si estuviera más expandida entre los seres humanos, haría del mundo un lugar mucho más vivible, más ameno, más amable.
Todavía no lo tengo muy claro, pero creo que ese cromosoma de más que porta mi niña la hace diferente en un sentido único: determina su forma de ser en el mundo. Y esa forma de estar en el aquí y en el ahora es muy diferente a la nuestra. Podrá tener limitaciones intelectuales, pero tiene superpoderes afectivos. Y, en ese sentido, es única.
Amo profundamente a mi súper-heroína del amor.
Comentarios