Inversamente proporcional
- 7 jun 2018
- 3 Min. de lectura

Cuando Sofi nació, lloré mucho. Lloré a mares. No de emoción, no de alegría, no por la angustia posparto. Lloré porque tiene Síndrome de Down.
¿Es malo tener Síndrome de Down? A veces...
Especialmente si el niño o niña que lo porta padece las enfermedades asociadas al Síndrome, que pueden ser muy terribles.
Pero mi Sofi estaba (y está) sana. Entonces tal vez no fuera tan tremendo... Sólo que en ese momento no lo podía ver.
En mi experiencia, el momento en que un niño llega al mundo no tiene nada de romántico: una está agotada, temblando como una hoja por el shock de adrenalina que acaba de recibir el cuerpo, dolorida hasta los huesos y se tiene que ocupar de un ser al que no conoce. Eso fue lo que sentí con Amanda, mi primera hija. Cuando me quedé sola con ella por primera vez pensé: "Esto es para siempre". ¡Qué angustia, madre mía!
Poco a poco, entre la teta, los mimos, los baños, las corridas al pediatra, las miradas y sonrisas que van y vienen, una va construyendo el vínculo con ese ser que acaba de llegar al mundo lleno de necesidades que no pueden esperar. El amor se trabaja, incluso con los hijos. Hay que hacer cosas para que los hijos nos amen; y en el devenir del hacer por ellos, nos vamos encariñando hasta que se convierten en indispensables.
Cuando llegó Sofi, yo ya estaba al tanto de que eso del instinto maternal era un cuento. Sabía que no tenía que sentirme culpable por no experimentar ese "amor instantáneo" de madre mamífera. Sin embargo, no estaba preparada para escuchar lo que los médicos tenían para decirnos. No me lo esperaba. Y eso cambiaría para siempre la mirada que empezaría a construir sobre mi hija. Recuerdo que la primera sensación que tuve fue la de querer hacer, pasar a la acción, empezar a vivir esa nueva vida que Sofía nos proponía a partir de su condición genética. Necesitaba dejar de llorar. Sublimar la angustia. Y empezamos: a leer, a escribir, a consultar, a hacer estimulación, a hablar, a compartir. Lo que no estaba ni por asomo en mi horizonte era lo que Sofía podía generar en mí. Porque, insisto, los vínculos se construyen. Y siempre hay dos en el vínculo.
¿Qué decir de Sofía? Que es pura alegría. Que no importa si la despertás a las 8 o a las 4 de la mañana para darle un remedio: apenas abre los ojos te regala esa sonrisa con hoyuelos, que es la más linda que vi en mi vida. Que tiene mucha paz y sabe transmitirla. (Aunque también puede ser muy inquieta y exploradora, y desarmarte la parte de la casa que está a su alcance en unos pocos minutos.) Que es una luchadora, que se supera cada día. Que nunca retrocede en sus conquistas. Que me hace la maternidad muy fácil y me ayuda a disfrutar mucho del maternar. Que es mi compañera incondicional. Que muestra en su cuerpo cuánto nos quiere y nos necesita a todos los que formamos parte de su vida.
Sofi es una necesidad para mí. Es amor en estado puro.
Yo no sé si voy a poder darle las herramientas para que sea feliz en este mundo que le toca vivir. Sé que va a tener que enfrentar situaciones difíciles y dolorosas que no se las voy a poder evitar, ni yo ni nadie. Seguramente, voy a sufrir con ella cuando eso llegue. Pero hoy, a un año de su llegada a nuestras vidas, la alegría que siento de tenerla con nosotros es inconmensurable. Por eso quisimos festejar su primer año con todo: porque las alegrías hay que celebrarlas; porque somos tremendamente afortunados de tener las hijas que tenemos; porque tenemos mucha suerte de tener las herramientas para cuidar y criar a Sofi como se lo merece; porque nuestras hijas nos aman y nosotros a ellas; porque la vida nos llenó de amigos y familia que, como nosotros, aman a nuestras hijas.
Porque el amor vale la vida entera.
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