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Como pompas de jabón

  • 30 abr 2018
  • 2 Min. de lectura

¿Ven esa sonrisa hermosa? Es la de una niña feliz, que disfruta de las pequeñas cosas que va descubriendo, del entorno familiar, de su propio cuerpo. Y yo, que la veo tan bien, soy feliz con ella.

Sin embargo, es imposible mantener esa burbuja de felicidad. El afuera existe. Y se va colando por los recovecos que encuentra, poniendo en cuestionamiento la burbuja en la que vivimos.

En un centro de formación profesional al que asisten chicos que han quedado afuera de la secundaria por diversos motivos (problemas de aprendizaje, problemas judiciales, repitencia, y otros) recibí ese golpe de realidad.

Estaba observando una clase de una compañera de equipo cuando escuché la frase: "Este nene del poema parece medio down". No puedo explicar con palabras lo que sentí, porque fue algo físico. Parecido a un ataque de ansiedad: me cambió el ritmo cardíaco y sentí la angustia en la garganta. No por mí. Inmediatamente pensé en mis alumnos que tienen hermanitos como Sofía, pensé en que siempre los defendí desde la "teoría". Pero ahora podía sentir, sentir como ellos sintieron todos los comentarios que los compañeros hacen sobre los niños y niñas con Síndrome de Down.

También sentí la incomodidad de Muriel, quien primero le dijo que no era gracioso. Pero al rato volvió, porque sintió que se había quedado corta. Me pidió permiso: "Voy a cometer una infidencia", dijo. Y yo supe inmediatamente lo que iba a hacer. "Luca, si tenés alguna duda sobre la crianza y el desarrollo de los chicos con Síndrome de Down podés consultarle a Anabella, que tiene una hija de un año con esa condición".

No culpo al chico que hizo el comentario. Después de las palabras de Muriel, no habló más en toda la clase. Y al día siguiente me saludó amorosamente, a pesar de que nunca antes lo había hecho. Creo que aprendió la lección. O al menos, algo lo movilizó.

Nuestra sociedad es cruel, no sólo con los niños como Sofía, sino también con los adolescentes como Luca quien, aunque no lo sabe, tiene muchas cosas en común con mi hija. La sensación física de angustia vuelve a aparecer ante la impotencia que siento, porque realmente no sé qué se puede hacer para cambiar la mirada. Sobre Sofi y sobre Luca.

Por ahora cuido nuestra burbuja, porque esa sonrisa vale la vida entera. No seré yo quien se la borre.


 
 
 

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