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Pequeños los ojos, inmensa la mirada

  • 4 feb 2018
  • 2 Min. de lectura

–Mamá, ¿por qué Sofía tiene los ojos chiquitos? –pregunta Romeo con una espontaneidad que descoloca.

–Porque es así, hijo –contesta, gracias a Dios, mi amiga Ana, justo antes de que yo empiece a dar una clase de genética a un público menor de 7 años de edad.

–Claro –digo, nerviosa–. Vos, en cambio, tenés unos ojos enormes. Hermosos.

–Parecés un animé, hijo.


De pronto me siento tan desnuda como el duque del cuento que creía estar vestido con un nuevo traje que los tontos no podían ver. En ese cuento, es un niño el que enuncia la verdad: el duque no tiene ningún traje nuevo; el duque está desfilando desnudo. Sin vueltas, sin maldad, sin dobles sentidos. Con la espontaneidad que sólo puede provenir de la inocencia que tienen los pequeños.


Es la primera vez que alguien me dice algo de los rasgos de Sofi. Estoy acostumbrada a los halagos, a las bellas palabras, a los gestos de afecto... Como si todo fuera normal... como si Sofi fuera una niña común. A veces pienso que sólo yo lo sé, que los demás no se dan cuenta, que por suerte no se le nota tanto... Y me siento una mierda. ¿Cómo puedo pretender que no se le note? Es como querer que no se le note que nació mujer.


Me doy cuenta de que tengo, como muchos adultos, un gran prejuicio respecto de los seres humanos como Sofi, respecto de las personas con síndrome de Down. Antes de que Sofi llegara a nuestras vidas, nada sabía del tema. Y hoy, con lo poco que sé, me sigue angustiando el futuro de mi hija: cómo será, qué podrá hacer, qué va a poder aprender, cuáles serán sus penas... Pero sobre todo, me angustia la mirada del otro.


Romeo me abrió los ojos como lo hizo el niño del cuento con el duque: hay verdades que están a la vista de todos. El que no las quiera ver es un necio o un tonto. Y, como en el cuento, en la vida real, imagino que habrá gente que ve los ojitos rasgados de Sofía y me dirán, de corazón, que es una belleza de niña; como también habrá de los otros, de los aduladores que, apenas terminan de decir que es muy bonita, se dan vuelta y largan como un vómito lo que verdaderamente piensan. Sin embargo, nada de esto es demasiado importante. Lo único que importa es no negarle su condición desde mi propia mirada; dejar de desear que no se le note tanto.


La mirada inmensa de los ojos de Romeo me mostró cuán naturales son los ojitos rasgados de mi pequeña Sofía. Esa mirada me llevó a esta reflexión y a proponerme mirar a mi hija con los ojos de animé del niño de mi cuento. Sólo así, con esos ojos, podré amarla tal cual es.


Gracias Romeo.



 
 
 

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