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40 y medio

  • 2 nov 2017
  • 3 Min. de lectura

En tan sólo seis meses te convertiste en mi compañera permanente. Es tan intenso el día a día que vivimos desde que llegaste, que ya no puedo recordar cómo era mi vida sin tenerte en brazos casi 20 horas al día, sin tu sonrisa incondicional de cada mañana, sin esos besos que te vivo dando debajo de la papada.

No nos separamos casi nunca y, juntas, transitamos de manera bastante accidentada la difícil convivencia del trabajo en casa con el maternar. A veces me enojo mucho, especialmente cuando pasan las horas del día y yo todavía no pude ni sentarme en la computadora a ver mails. Ni hablar de estudiar o de escribir. Pero no es tu culpa, mi amor. Es esta sociedad en la que nos tocó vivir, que nos pone a las mujeres-madres en estas encrucijadas. Siempre llega el momento en que nos sentimos presionadas a elegir uno de los dos caminos: el trabajo o la maternidad. Y esa sensación enoja. El desborde permanente de cosas a resolver, el verdadero trabajo full-time sin ningún tipo de descanso combinado con los dead-lines y la necesidad imperiosa de silencio para poder producir algo coherente muchas veces me desespera. Sin embargo, seguimos adelante!


Viajamos por primera vez juntas y solas (sin la otra parte de la familia) en avión! Fue todo un desafío, para las dos. Y lo sorteamos. Como pudimos. Porque de eso se trata: de hacer las cosas que queremos hacer, con las limitaciones que tenemos. Pensaba –mientras te paseaba, agotada, por los pasillos de la facultad en la que se hizo la reunión– que a tu papá jamás le pasaría lo que me estaba pasando a mí, que tenía que salir a cada rato de las charlas para que tus grititos no distrajeran al expositor. ¡Cómo sentí la desigualdad de género en ese hall! Sólo me reconfortaba la convicción de que ésa era la única forma de seguir por mi camino: llevarte conmigo y sacarte al pasillo.


Compartir este simposio con vos –y con todos los desconocidos que se nos acercaban– puso a prueba mi grado de elaboración de la noticia sobre tu síndrome. Te expuse a la mirada de los otros y a los comentarios del tipo: "está practicando para ser lingüista"; "quiere empezar pronto a estudiar Letras"; "le va a gustar la gramática"; "tiene que ser nuestra seguidora: la futura generación". No se me movió un pelo. Creo que hace unos meses me tendría que haber retirado del aula porque las lágrimas seguramente me hubieran delatado. Pero esta vez no. Y lo más importante: no me hizo daño. Creo que tengo muy asumido que no vas a ser lingüista, simplemente porque sos mi hija, y las hijas buscan diferenciarse de las madres. Muchas lo hacen. Por qué vos no lo harías. Como dice el refrán, en casa de herrero... y así será seguramente.


En estos seis meses no sólo me acompañaste a donde quiera que haya ido, sino que me diste las señales que necesitaba para ver que éste es el camino. Como dijo tu madrina, me trajiste mucho más que un pan debajo del brazo. Me diste la posibilidad de cambiar, que no es poco. Hoy puedo leer hacia atrás lo importante que fue haber podido sortear todos los obstáculos que se nos presentaron. De a poco, todo va cobrando sentido. Y, por primera vez, entiendo que maternar mientras trabajo a tu lado es una bendición que me ha llegado de tu manita regordeta. Somos un gran equipo.

 
 
 

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