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Mi reino por un caballo

  • 25 ago 2017
  • 2 Min. de lectura

Una de la condiciones materiales que se nos tenía que dar para buscar un segundo bebé era la mudanza. Vivíamos en una casa con habitaciones en plantas diferentes, comunicadas por una escalera caracol externa. Sí, cada vez que la beba lloraba había que salir a la intemperie en camisón y tratar de no morir bajando esa escalerita. Queríamos tener mejores condiciones para cuidar de dos.


Estuvimos muchos años trabados con el tema de la casa. Pero, de pronto, una sucesión de hechos concatenados (algunos felices y otros muy tristes) nos puso en el hogar que habitamos ahora, que tiene dos habitaciones contiguas. Y así fue que buscamos a Sofi.


Cuatro meses antes de la fecha probable de parto arrancamos con las refacciones. Queríamos tener la casa lista para cuando llegara la beba. Invertimos muchísimas horas de nuestro tiempo libre en esa refacción. Resignamos fines de semana completos de estar con Amanda para trabajar en la casa. Involucramos a nuestra familia y a nuestros amigos en la pronta finalización de las reformas. Y lo conseguimos!!!! Justo un día antes de que naciera Sofi dormimos en la casa nueva.


Cuando volvimos del sanatorio y crucé el umbral hacia el interior de la casa, nada de lo que me había importado hasta el día en que atravesé esa misma puerta en sentido contrario, rumbo al hospital, parecía tener sentido. Miraba los muebles de la cocina nueva que tanto había limpiado; la combinación de colores de las venecitas del baño, que habían sido mi orgullo; los colores de la pintura que habíamos seleccionado: nada me conmovía.


El único espacio que podía habitar era el de la introspección. Esa casa me daba culpa. Habíamos pasado mucho tiempo del embarazo pensando en planos, materiales, revestimientos. Sentía que había estado demasiado distraída con otras cosas. Eso se traducía en que todo lo que estaba pasando con Sofi era mi culpa. Por no estar atenta, por no conectar con la panza, por tratar de cerrar todo antes de que llegara, por tener 39 años y haber llegado "tarde" a la maternidad. Deseaba volver el tiempo atrás, mover los átomos para que el óvulo fecundado fuera otro, para ser una embarazada dedicada y que la vida me premiara con una nena no Down. Estaba dispuesta a un pacto fáustico: volver a la escalera caracol a cambio de recuperar la hija que había imaginado.


La noticia sobre la condición genética de Sofi y sobre todas las patologías asociadas al síndrome nos obligó a cambiar las metas. Dejamos de tener grandes sueños y nos abocamos a los imprescindibles. Sofi nos enfrentó con lo esencial: la salud, el amor, el tiempo. Nos mostró qué importantes son estas tres cosas para todo niño. Parecen cosas muy simples, pero muchas veces escasean. Y al dirigir nuestras miradas a la esencia nos hizo mejores padres, mejores personas.


Ya no deseo volver a bajar la escalera caracol.

 
 
 

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