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La hermana elegida

  • 31 jul 2017
  • 3 Min. de lectura

La vida y mis padres me regalaron dos hermanos maravillosos: afectuosos, compinches, divertidos, compañeros, llenos de amor para dar. No me alcanzan las palabras para decir cuánto amo a mis hermanos y lo feliz que soy de tenerlos. Sin embargo, siempre quise tener una hermana mujer para que me acompañara en la difícil tarea de ser la única niña de la casa.


Cuando me enteré de que Amanda iba a tener una hermana me emocioné hasta las lágrimas. Y sí... ya sé que no debe hacerse, pero es imposible no proyectar en los hijos. Lo confieso: me dio mucha felicidad estar esperando otra niña porque pensaba en lo lindo que sería para ellas acompañarse en la vida.


A mí no me tocó tener una hermana, pero sí he encontrado una compañera de vida. Al escuchar a mi marido decir que teníamos que empezar a contar lo de Sofi, yo pensé en Marcela. También había pensado en ella cuando me enteré de que estaba embarazada de mi primera hija. Tenía que ser la madrina de Amanda. No podía ser otra persona. No podía ser otra por cómo entiendo esa relación: si a mi me pasara algo y no hubiera nadie que pudiera cuidar de Amanda, quisiera que se quedara con Marce. Fue lo primero que pensé en aquel momento. Y fue ella la primera persona en quien pensé para dar la noticia sobre la condición de Sofi.


Conozco a Marcela desde mis 10 años de edad. Entró al colegio al que yo iba cuando estábamos en quinto grado. Su llegada fue motivo de inquietud entre el estudiantado femenino: la mitad de los varones del curso recibió el flechazo de cupido al verla. Y comenzó la producción epistolar: recibía cartitas de los chicos que querían ser sus novios todos los días. Ya no recuerdo a cuántos rechazó, pero puedo dar fe de que sigue siendo igual de hermosa. En casi 30 años de amistad nos ha pasado de todo. Tuvimos experiencias muy lindas y también muy tremendas, de toda clase y color. Hicimos infinidad de cosas juntas en todos los ámbitos de la vida. Sin embargo, mi amiga me sigue sorprendiendo con su incondicionalidad.


Hace ya dos años y medio Marcela se mudó a Río de Janeiro, pero nunca perdimos la comunicación cotidiana. Para la fecha en que iba a nacer Sofía, ella se vino para Buenos Aires. Los días previos al parto estuvimos permanentemente en contacto. Que cómo estás, que cómo te sentís, y mirá si nace el día del trabajador... De repente llegó Sofi y yo corté el vaivén de mensajes. Sabía que ella me estaba esperando. Le adelanté algo por teléfono. Una alteración genética. Fue peor, porque se puso a investigar como loca. "Venite mañana a la clínica, pero no le digas a nadie más". Al verla entrar sentí que la vida seguía como si nada hubiera cambiado, que éramos las de siempre; sólo que había algo nuevo que enfrentar, como ya lo habíamos hecho otras veces. Apenas pude balbucear entre lágrimas que Sofi había nacido con Síndrome de Down. Y ella, sin mostrar ninguna alerta, me dijo algo así como "pensé que era algo más grave... no encontré nada anoche con la información que me diste. Tenés que pensar que estas personas son absolutamente funcionales para la sociedad si se las encamina correctamente". Después charlamos de otras cosas. Se fue a hacer unos trámites por el centro y volvió llena de papeles para nosotros, para empezar con las cosas que Sofi iba a necesitar.


Mi hermana no llegó por la vía sanguínea. Mis padres no llegaron a darme ese obsequio. Pero Marcela es, sin lugar a dudas, un regalo de la vida. Mi hermana elegida.

 
 
 

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