¿Vos la ves? Yo, también
- 6 jul 2017
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Creo que las cosas más difíciles de decir son aquellas que, una vez dichas, cambian el mundo existente para uno. No las que duelen o lastiman. Sino las palabras que, una vez escuchadas y encarnadas, hacen que ya nada pueda volver a ser como era.
"Rasgos faciales especiales", dijo una neonatóloga que ni siquiera había estado en el parto. Y nosotros, solos. Sin Sofi, que seguía en el laberinto de intervenciones por las que pasan los bebés al nacer.
¿Qué significa que tiene "rasgos faciales especiales"?, pregunto entre angustiada y enojada. "Sólo eso", me contesta dejándome la puerta abierta a un abismo de incertidumbres.
Mi marido se queda pensando: ¿qué nos quiso decir? Yo lo sé, lo intuyo. No contesto. Creo en el poder de las palabras. Si lo digo tal vez lo hago cierto.
Finalmente nos traen a Sofi. Lo único que hago es buscarle los "rasgos faciales especiales". No puedo buscarme en mi hija; no puedo pensar si tiene mi boca o mi color de piel. No puedo encontrarme con ella, no puedo empezar a enamorarme de esa beba que tengo entre mis brazos y que acabo de parir. Sólo puedo mirarla buscando lo que creo que tiene; sólo puedo pedirle al universo que por favor no tenga nada.
Sofi no regula la temperatura. Se la llevan a la incubadora. Apenas retomo mi estado de consciencia por la mañana cuando despierto se me actualiza el sintagma "rasgos faciales especiales". Lloro. Lloro mucho. Con mucho ruido. Fede me abraza. Cuánta angustia. Y nosotros, solos. Sin Sofi.
Más tarde aparece la jefa del servicio de Neonatología. Ya la conocía, del nacimiento de mi otra hija. Es pequeña y muy seria. Pero esta vez nos charla mucho. "No sé si escucharon hablar de que algunos chicos tienen rasgos mongoloides. Se les dice así porque se parecen a la gente de Mongolia". Listo. Daga al corazón. "Pero hay que esperar. Está muy hinchadita todavía". Pienso que sí, que hay que esperar. Pero para qué me dicen esto si hay que esperar. "¿No observó si saca mucho la lengua? ¿No la nota un poco hipotónica?". A todo digo que no. Ya no me importa lo que está diciendo. Quiero que me devuelvan a mi hija.
Cuando la vuelvo a tener entre mis brazos la escrudiño ya con más información: posición de las orejas, forma de los ojos, ancho del cuello, línea palmar. No me dan mucho tiempo para mi estudio. Se la vuelven a llevar; esta vez, a la lámpara. Me la paso en la habitación, haciendo hipótesis ridículas con mi marido, llorando los dos sin saber bien qué nos está pasando. Cada tres horas golpeo la puerta de neo para ver si me dejan amamantarla. No siempre me dejan. La veo poco. Pero la veo. Empezamos a ir juntos con Fede a la hora de darle la teta. A la mañana siguiente lo veo triste como nunca en mi vida lo había visto. Sé que sabe pero que no me lo quiere decir porque tiene miedo de lo que pueda pasarme. Yo, que suelo ser fuerte, instalo el tema con la única frase que puedo decir sin desgarrarme: "¿Vos la ves, no?". Un mar en el turquesa de los ojos de mi amor. "Yo también".
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