Del parto y la personalidad
- 29 jun 2017
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De niña, mi madre solía contarme cómo habíamos llegado cada uno de sus hijos a este mundo. Eran historias que me fascinaban porque podía ver en los relatos sobre las vicisitudes de sus partos rasgos de las personalidades de mis hermanos. Algo muy sencillo, como la ansiedad de mi hermano mayor asociada a la urgencia por salir; y su contra-cara: la parsimonia del menor y las horas que mi madre esperó hasta que se produjo el nacimiento. Este recuerdo se me hizo carne al nacer Sofía.
Unos meses antes de que naciera nuestra primera hija nos anotamos para hacer un curso preparto en Mater-Pater. Estábamos preocupados por cómo los protocolos de los hospitales podían afectar el nacimiento natural de nuestra beba y mi propia salud. Queríamos saber cómo era un parto natural, qué podíamos hacer para que los médicos intervinieran lo menos posible. Y así fue: un 21 de enero a las 8 de la mañana empecé a tener unas molestias, como si tuviera ganas de hacer pis. Mi pareja comenzó, sin decirme nada, a cronometrar esas molestias: llegaban cada cinco minutos. Pero era un dolor muy leve, no podía ser el trabajo de parto. Ya a la una de la tarde el dolor se había acrecentado. Me duché y salimos para el hospital. Hice gran parte del trabajo de parto en mi casa, con luces tenues y música de mi agrado. El viaje en auto hasta la clínica lo hice con los ojos cerrados. Estaba en mi mundo de parturienta. Cuando llegamos al hospital eran las dos menos cuarto y tenía seis de dilatación. Nos internaron, peleé un poco con la partera que me quería acostar boca arriba (lo que me hacía morir de dolor) y me rompieron la bolsa. A las 15.14 hs llegó nuestra primera hija: sin anestesia, sin oxitocina. No pude evadirme de la episiotomía (¡qué dolor!). Todo prolijo.
Amanda tiene algo de su llegada al mundo: es bastante estructurada, hace las cosas paso a paso y no puede saltearse nada que ella crea necesario. Es amante de las rutinas y la hace feliz tener rituales.
Cuando enfrentamos el nacimiento de Sofía yo ya sabía qué eran las contracciones de pujo porque las había experimentado en el cuerpo con mi parto anterior. Sin embargo, no sirvió de mucho la experiencia previa, excepto para dar la alarma. Con Sofía me empecé a sentir mal unos días antes de que naciera. Fuimos a la guardia para consultar por los malestares, pero nos dijeron que estaba todo bien y que todavía faltaba. Sin embargo, el parto se desencadenó de manera abrupta: a la media hora de haber comenzado con las contracciones regulares empecé a sentir un dolor fuera de lo esperado. Ubicamos a nuestra hija y salimos para la clínica a las 19.00 hs. Cuarenta minutos después, Sofía estaba entre nosotros.
El camino a la clínica fue lo más estresante que recuerdo en toda mi vida: hora pico, las calles atiborradas de autos. Mi marido se sacó la remera que llevaba puesta para hacer señas a los autos que, muy amablemente, nos iban haciendo espacio para pasar. A la altura de Corrientes y Pueyrredón sentí algo entre mis piernas. "Está naciendo", le dije a Federico. "Paro acá", me contestó. Ahí tuve mucho miedo: no tenía idea de qué hacer si nacía. "No, por favor, seguí. Falta poco". Cuando llegamos, no podía bajar del auto, no podía caminar. Una enfermera del hospital que estaba parada en la puerta escuchó mis gritos y se acercó. "¿Es un parto?", preguntó. "Sí", contestó mi marido. Enseguida le ordenó a un policía que cortara el tránsito y mandó a llamar a los camilleros. "Vení, estacioná el auto en el lugar de las ambulancias", le dijo a mi marido. Allí me esperaban con una silla de ruedas. Fue todo muy caótico porque había cambio de guardia. Los camilleros no sabían bien dónde llevarme. Yo gritaba: "Hagan algo que está naciendo". Creo que no me creyeron, porque me decían que me calmara y me llevaron a la habitación. Cuando me desvistieron, empezaron a gritar ellos. Sofi estaba por llegar.
Esa desesperación con la que gritaba "hagan algo" es la misma con la que tengo ganas de gritar que tengo miedo, que no es lo que esperaba, que el futuro (el de mis dos hijas) me aterra porque no sé cómo nos va a afectar todo lo que nos está pasando. La condición de Sofi nos explotó en el cuerpo sin darnos tiempo a nada, como su llegada a este mundo.
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